Esas mismas normas establecen más adelante que los ingresos y gastos de las inversiones imputables a las actividades de Vida y de No Vida serán, respectivamente, los derivados de los activos previamente asignados a cada actividad y recogidos en el libro de inversiones; lo que podría inducir a la conclusión de que basta con que una inversión se halle asignada a Vida o a No Vida para que, automáticamente, los ingresos y gastos derivados de la misma se imputen a la respectiva cuenta técnica. Pero esta conclusión sería errónea, no solo por contravenir el principio general antes enunciado, sino porque la propia norma en que se establece esa imputación previene, de conformidad, de nuevo, con dicho principio general, que la imputación a la cuenta técnica correspondiente se efectuará en cuanto que tales ingresos y gastos procedan de inversiones directamente relacionadas con operaciones de seguro.

A este respecto, el que las mismas normas de elaboración de las cuentas anuales dispongan que, en principio, todos los ingresos y gastos de las entidades aseguradoras deberán considerarse como técnicos no tiene otro valor que el de una presunción, que, como todas las presunciones, puede destruirse mediante prueba en contrario; que, en este caso, consistiría en acreditar que determinados ingresos y gastos no guardan relación con el sustrato técnico de la operación de seguros. Además, la indicada presunción, que se establece con carácter general, deja a salvo los ingresos y gastos de las inversiones, en relación con los cuales dispone expresamente que sólo cuando procedan de inversiones directamente relacionadas con la práctica de operaciones de seguro se imputarán la cuenta técnica.

Así las cosas, la cuestión estriba en dilucidar cuándo concurre la circunstancia de que las inversiones se hallen relacionadas con la práctica de operaciones de seguro. Parece razonable concluir que esto sucederá cuando los ingresos y gastos de esas inversiones se hayan tenido en cuenta al plantear la equivalencia financiero-actuarial entre las aportaciones de los tomadores y las prestaciones del asegurador. Esto ocurrirá, normalmente, en el seguro de Vida, ya que en la determinación del valor actual de las prestaciones, que se iguala con el importe de las aportaciones (primas), se utiliza un tipo de descuento (interés técnico), que, entre otros factores, tiene en cuenta el rendimiento de los activos en que se materializa la inversión de las primas y, en último término, de las provisiones matemáticas.

Aunque en la generalidad de los casos no hay una correspondencia rigurosa entre el rendimiento de las inversiones y la determinación del tipo de interés técnico, sí cabe sostener que, de manera aproximada, una y otra magnitud se hallan estrechamente relacionadas; por lo que parece también razonable entender que los rendimientos de las inversiones afectas a la cobertura de las provisiones del ramo de Vida se asignen a la cuenta técnica de esta actividad. Y ello, aun cuando el valor de los activos afectos fuera notoriamente superior al de las provisiones a cubrir, dando lugar, en términos generales, a un igualmente notorio exceso de rentabilidad de los activos sobre el tipo de interés técnico, porque lo normal es que con ese exceso se dé participación en beneficios a los asegurados; lo que no deja de guardar relación con el sustrato técnico de la operación.

La situación es mucho menos clara en el seguro de No Vida, porque  tratándose de operaciones a corto plazo, como es el caso general, en el planteamiento de la ecuación de equivalencia entre primas y prestaciones el factor financiero relacionado con el intercambio de magnitudes pecuniarias en diferentes momentos de tiempo es, por lo general, irrelevante. En este sentido, es bien ilustrativo el hecho de que en el análisis financiero de las operaciones de seguro de No Vida una información fundamental sea la proporcionada por el llamado ratio combinado, cuyo denominador son las primas, pero en cuyo numerador figuran sólo la siniestralidad y los gastos, sin deducción de los ingresos netos de las inversiones. Por eso este ratio no es de aplicación en el seguro de Vida.

La cuestión, como se ha dicho, guarda estrecha relación con la situación que se plantea en el seguro de No Vida con ocasión de la depreciación experimentada por los inmuebles que fueron actualizados al entrar en vigor el nuevo Plan Contable de Seguros. Esa actualización, se hizo con abono a reservas, y el resultado de esa actualización se consideró como nuevo coste de adquisición; razón por la cual cualquier deterioro de ese nuevo valor debe registrarse contra resultados. La solución adoptada por el Plan responde, como el resto de ajustes contra reservas que supuso su entrada en vigor, a simples razones de política legislativa, fundadas en la idea de crear una realidad “ex novo”, que hiciera abstracción de situaciones creadas conforme a la normativa anterior; aunque, indudablemente, ello implica una especie de asimetría contable, ya que podría considerarse razonable que el registro de la depreciación, al menos hasta el importe del valor antes de la actualización, siguiese la misma senda que se estableció para ésta.

En todo caso, lo que parece evidente, a la luz de las consideraciones antes formuladas, y una vez admitida, por razones de imperatividad de la norma contable, la necesidad de consignar las depreciaciones de los inmuebles con cargo a resultados, es que debe reputarse improcedente la imputación de tales depreciaciones a la cuenta técnica, por el mero hecho de que los inmuebles se hubiesen hallado afectos a cobertura de provisiones técnicas. La afectación puede ser correcta, en la medida en que tales inmuebles se hallen adscritos a la cobertura de obligaciones derivadas de operaciones de seguro; pero ello no implica que el deterioro de su valor, debido a un factor tan ajeno a la actividad aseguradora como es la caída de precios en el mercado inmobiliario, guarde relación con el sustrato técnico de la operación.

La afectación a cobertura no deja de ser un acto discrecional de la entidad, mientras que la relación con el sustrato técnico de la actividad es un hecho objetivo, sobre el que el sujeto contable no tiene influencia alguna. Por ello, habría incluso que replantearse si resulta procedente registrar en la cuenta técnica de No Vida, con carácter general, y a salvo de lo que resulte de situaciones concretas, los ingresos y gastos de las inversiones, por la sola razón de su adscripción a la finalidad de cubrir obligaciones con los asegurados.