Sucedió en la isla de Gran Canaria, y muestra nuevamente que los coches y sus conductores no son siempre los peligrosos, ni los que generan ese "riesgo objetivo" por su mera existencia y circulación. Sobre esto puede alegarse la paradoja que supone la persecución que a los autómoviles tienen declarada la gran mayoría de ayuntamientos de grandes capitales, y otras de menor entidad, cerrando acceso a vías públicas principales, con el pretexto de dar "calidad de vida" a los peatones, como si fueran raza aparte, o como si existiera una "lucha de clases" entre conductores y peatones, o como si los peatones no se convirtieran en conductores en tantísimas ocasiones. Ahora bien, mientras se demoniza el tráfico rodado, se lanzan planes PIVE y similares para fomentar la compra de vehículos, en un ejercicio de esquizofrénica contradicción, y los gobiernos se lamentan de que la industria automovilística haya atravesado un período de grave crisis, de lo cual dan fiel testimonio, entre otros medios, los boletines periódicos de Ganvam.

Pues bien, yendo al tema que nos centra, un señor conducía su automóvil cuando vio venir hacia él, por el lado derecho de la calzada, pegado a la acera, aunque caminando sobre aquella, un conocido, barrendero de profesión, que venía provisto de su correspondiente chaleco reflectante, en el ejercicio de su trabajo, tirando con su mano izquierda de su carrito, y portando en la derecha la escoba de reglamento. A esto, ambos se avistan, aunque no queda claro quién de ellos vio primero a quien (aunque la sentencia que comento en este artículo entró en detalles tan sorprendentes como la mano en la que llevaba la escoba el operario), el conductor saluda al peatón, y éste devuelve el mismo. Y entonces ocurre lo surrealista.

Al detener el vehículo a la altura del conocido barrendero, el conductor baja el cristal de la ventanilla al objeto de hablar con él, momento en el cual el operario de limpieza se inclina sobre la puerta del acompañante del vehículo, con la mala fortuna de que, a través del espacio abierto de la ventanilla, introduce el palo de la escoba, el cual fue a parar directamente al ojo izquierdo del acompañante... De resultas del impacto, éste quedó con una lesión importante ocular, por la cual tuvo que ser trasladado a un centro de atención sanitaria y a consecuencias de la cual infortunadamente perdería el ojo. El boquiabierto barrendero intentó atender a la víctima, expresó sus azoradas disculpas como mejor pudo, pero lo cierto es que, como era de esperar dada la gravedad del resultado, no fue suficiente, y el lesionado formuló demanda de responsabilidad civil contra él y la contrata municipal de limpieza pública.

Durante la vista, el barrendero admitió encontrarse limpiando el bordillo del asfalto con un palo de metro y medio de largo (la longitud del palo hace perfectamente creíble el ocular escobazo, aunque hay dudas judiciales sobre si estaba partido o no...) y que en el momento en que vio venir el coche se encontraba caminando de frente hacia el mismo, y que pasó a su altura despacio. Las curiosidades no acaban con lo dicho, pues en un supuesto como éste en el que el peatón "atropella" directamente, no ya al vehículo, sino a un ocupante, la Audiencia Provincial de Las Palmas viene a estimar que "...en estas circunstancias es evidente que la situación de peligro la protagoniza el barrendero que se ha bajado a la calzada con su carrito, tirado con una mano y empuñando el cepillo en la otra, de manera que a él incumbía demostrar que, cuando pasó junto a él a velocidad reducida el coche con sus conocidos a bordo, no fue un movimiento imprudente de su mano derecha el que permitió que la escoba, partida o no (¿?), alcanzara en su ojo izquierdo al acompañante, que llevaba la ventanilla de su lado bajada. Es decir, recayendo sobre el barrendero la obligación de adoptar la especial precaución impuesta por la norma... y habida cuenta que a esa hora tan temprana de la mañana, las seis, no había otros peatones a los que estorbar sobre la acera, se está en el concretísimo caso reexaminado del expediente que la doctrina jurisprudencial denomina del "juicio de probabilidad cualificada" o "juicio de verosimilitud" en la determinación del nexo causal, admisible en casos singulares, tratándose normalmente de supuestos especiales, generadores de riesgo, en los que la probabilidad resulta muy cualificada y muy próxima a la certeza, al no existir una hipótesis alternativa de similar intensidad...".

Como consecuencia de ese juicio de probabilidad cualificada, y siempre en el ámbito de la responsabilidad extracontractual del artículo 1.902 del Código Civil, se aplica al caso que analizamos la inversión de la carga de la prueba, y se objetiva la producción del daño "consistente en la descuidada introducción (sic) del palo del cepillo por el barrendero al aproximarse a su altura el vehículo con sus conocidos abordo...". Y así, mutatis mutandi, recayó fallo que, revocando la sentencia de instancia, dispuso la condena de barrendero y empresa. Al parecer, la razón de la absolución inicial devino de que el barrendero había manifestado encontrarse caminando en el mismo sentido que el coche, y no de vuelta encontrada, y que se habría vuelto al sentir su aproximación de modo repentino, con la consecuente introducción del palo por la ventanilla, pero al reproducir la grabación de la vista, la Audiencia llegó a la conclusión que hemos descrito anteriormente, y por ello concluye que debe condenarse al barrendero y a su empresa.

Cierto que "¡Vaya semanita!" no comporta de ordinario la peligrosidad judicial que, por lo que se ve, conlleva manejar una escoba en la vía pública, pero no lo es menos que si ellos mismos hubieran recreado la escena que hemos descrito, posiblemente no habrían alcanzado tal grado de surrealismo. Mas ustedes, en todo caso, tengan cuidado cuando detengan la marcha para saludar a alguien, especialmente si estiman a su acompañante, recordando que no es lo mismo que venga hacia a ustedes, que el que camine en su mismo sentido; o bien, si es usted peatón, haga como si no se hubiera enterado de que un vehículo se detiene para saludarle... salvo que le guste mucho el conductor o conductora...