Francisco Javier García HelvetiaEn un lado de la balanza, el principio individual, que en su desarrollo más extremo prioriza siempre el bien de cada individuo sobre el de la comunidad. Y, en el otro, el principio social, que en su desarrollo más radical da la preferencia siempre al bien común sobre el del individuo.

Esta dicotomía histórica se refleja en las sociedades modernas, influyendo en la política, en el modo de vida y hasta en la religión. Así, por ejemplo, en los países de origen anglosajón, donde el protestantismo es mayoritario, prima habitualmente lo individual sobre lo social. Mientras, en los de origen grecolatino, en los que el catolicismo es la confesión más extendida, lo social se sitúa normalmente por encima de lo individual.

Creo que una reflexión sensata y equilibrada sobre esta realidad nos llevaría a concluir que los derechos individuales de cada persona son inalienables y preferentes para ser protegidos, siempre que su protección no lesione o limite los derechos y los intereses de la comunidad.

Y ahí es donde el Seguro ha jugado, y juega, un papel decisivo:

-    En primer lugar, porque nace de la necesidad individual de proteger lo individual, apoyándose en la aportación colectiva de recursos. Tanto el seguro de transporte marítimo como el de incendios, origen de nuestra industria, que surgen de la imposibilidad de que un solo individuo o empresa asuman el riesgo de pérdida de sus bienes ante un siniestro, son la base de la mutualización de dicho riesgo, que ha supuesto una de los más grandes avances de la economía social.

-    El Seguro afecta a todos, ayuda a todos y es útil para todos, sin discriminación alguna.

-    Además, equilibra las diferencias económicas y sociales, evitando la ruina de empresas y familias y, por tanto, contribuye de manera decisiva a la estabilidad económica de la sociedad y a su sostenibilidad.

-    Y, por si fuera poco todo lo señalado, la actividad aseguradora también suple las posibles lagunas en la cobertura de determinados riesgos mediante instituciones públicas que persiguen específicamente ese objetivo, como es el caso del Consorcio de Compensación de Seguros en España.

Por tanto, vemos que la mutualización o colectivización del riesgo es esencial e ineludible en una sociedad económicamente avanzada y que tenga vocación de sostenibilidad y progreso.

Sobre la individualización de las tarifas

Sin embargo, actualmente existe una tendencia creciente a la individualización de las tarifas de los seguros que, desde mi punto de vista, es peligrosa ya que, llevada al extremo, supondría la completa desnaturalización del seguro y, a largo plazo, su desaparición. Porque si cada uno tuviese que pagar la prima que le correspondiese para asegurar todos los riesgos que le puedan afectar o que pueda provocar frente a terceros, sin contar con esa mutualización de los mismos, no tendría dinero suficiente para ello.

Con un ejemplo sencillo esto se puede entender mejor. Está claro que no debe pagar la misma prima un buen conductor que otro que genera siniestros con frecuencia. Pero también está claro que ese no tan buen conductor está pagando una parte importante de su prima para que se pueda indemnizar a un gran lesionado causado por el atropello no querido por ese buen conductor, pero del que éste sí pueda ser responsable no culpable.

En definitiva, el Seguro es social por su propia naturaleza, aunque debe tener en cuenta, siempre, las circunstancias individuales del riesgo asegurado a la hora de fijar sus precios y sus coberturas. La proporción en la que deba influir lo individual sobre lo colectivo es un buen asunto para debatir entre los técnicos de productos de las aseguradoras, que no deben olvidar nunca que el Seguro nació como una necesidad social y que su supervivencia y futuro desarrollo sólo se producirán sobre esa base.

 

Este artículo se ha publicado en el nº14 de Actualidad Aseguradora 25 de septiembre de 2017.

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(*) Artículo publicado originariamente por el autor en la revista corporativa ‘En buena compañía’