El aumento de la longevidad, la contracción de la natalidad y el retraso de la entrada a la vida laboral configuran una nueva estructura para el sistema de reparto. Uno de los grandes retos del Siglo XXI será convivir con esta situación, siendo las pensiones y el envejecimiento el Desafío, con mayúsculas, de esa futura Unión Europea.

La citada Resolución del Parlamento Europeo recomienda, nuevamente, un enfoque basado en tres pilares: (i) una pensión pública universal, por reparto; (ii) una pensión complementaria, profesional, de capitalización, resultado de un convenio colectivo; y (iii) una pensión individual del tercer pilar basada en planes de ahorro privados con incentivos equitativos destinados a los trabajadores con ingresos bajos, los trabajadores por cuenta propia y los trabajadores que no tengan los suficientes años de cotización en cuanto a su régimen de pensión laboral.

Por tanto, es necesario un sistema público de pensiones universal, de reparto, sostenible y adecuado. Y es necesario un sistema complementario de pensiones, también fuerte, sostenible y creíble. Pero un sistema complementario de pensiones debe ser eso, es decir, “complementario” que no principal. Lo principal debe ser el primer pilar y lo complementario el segundo y el tercer pilar. Y debe ser de “pensiones”.

 La palabra “pensión” proviene del latín y significa pago periódico, y si dicho pago periódico es para mitigar una contingencia que es la vejez, entonces ese ahorro complementario en forma de pensión debe ser en forma de renta vitalicia o renta con visión de largo plazo.

¿Es este enfoque algo nuevo? No, está recogido desde 1995 en las recomendaciones del Pacto de Toledo, y en las sucesivas renovaciones de dicho Pacto que tuvieron lugar en 2003 y en 2011.

¿Y qué hemos hecho con respecto al segundo y tercer pilar? Pues prácticamente nada. En España, en la actualidad, del 100% del ahorro de las familias, un 80% está en el ladrillo, y del 20% restante, un 50% está en cuentas corriente y depósitos a corto plazo. En definitiva, del ahorro total, solo un 2,8% se ahorra en Fondos de Pensiones y Seguros.

Entonces ¿ahorramos poco? No, la tasa de ahorro es similar a la media europea, variando entre un 8% y un 11% de la renta disponible, y sabiendo que ahorrar es bueno. El asunto no es cuánto se ahorra, sino cómo se ahorra.

Los datos apuntan a que no ahorramos de cara a construir una pensión complementaria, sino para otros fines, legítimos, pero no para complementar la pensión pública. Efectivamente, en España, los fondos de pensiones representan el 8,4% del PIB, frente al 77% del PIB en media en los países de la OCDE, siendo el 160% del PIB en los Países Bajos. En definitiva, las pensiones pivotan sobre el primer pilar y los otros dos están por construir. Y eso no se hace en siete días. Esa labor de construcción es una labor de todos, no solodel gobierno, sino de todas las instituciones, y de las empresas y los sindicatos.

¿Y qué debemos hacer? Para empezar, se debe apostar claramente por una información transparente y veraz al ciudadano sobre su futura pensión pública y sobre su futura pensión complementaria. Se debe dotar de estabilidad legal al marco de las pensiones complementarias, con un especial enfoque al marco de la negociación colectiva, mejorando la atención de contingencias como la viudedad y orfandad, pudiendo ser éstas en un porcentaje importante a cargo de los sistemas complementarios.

En términos de los beneficios fiscales, estos deben tener una distribución más equilibrada, ampliando posibilidades para que personas con menores ingresos se beneficien de las aportaciones de sus cónyuges o parejas, o incluso de otras personas, como hermanos, sobrinos etc. Mejorarse los beneficios de los sistemas de previsión colectivos, volviéndose a los estímulos fiscales adicionales en el impuesto de sociedades. Volver a la separación de los límites de aportación empresa-trabajador, y revisión de esos límites acordes al concepto de complementariedad con el régimen de la Seguridad Social. Mayor liquidez en los Planes de Pensiones, PPA y PPSE por natalidad, nupcialidad, disminución sustancial de los ingresos o trascurso de un periodo de 10 años. Mayor flexibilidad en los productos de previsión, como la posibilidad de establecimiento del aseguramiento mediante técnicas iCPPI o la liberalización de posibilidades de inversión individualizada.

En autónomos, no existen fórmulas atractivas y eficientes. Y dado que sus ingresos pueden ser muy variables de un año a otro, es necesario crear vehículos de pensiones específicos para autónomos, que tengan liquidez en caso de cese de la actividad o por pérdidas en la actividad.

Y por último, que todas las empresas tengan un instrumento de previsión social sin que signifique aportación (una especie de mecanismo “Soft-Compulsion”), lo que implicaría formación y asesoramiento a los trabajadores.

En definitiva, debemos comenzar ya, con convicción. Nunca ha estado tan clara la necesidad de ahorro para la jubilación, y nunca ha estado tan clara la necesidad de información y de asesoramiento a los ciudadanos.