En la fría y hermosa mañana de ayer, ante la presencia de la familia, los muchos amigos y compañeros, y el enorme cedro que preside el cementerio de El Escorial, allí donde las laderas nevadas de las montañas del Guadarrama se hacen suaves, quedó enterrado Ernesto Caballero, un hombre bueno, una referencia para el Seguro y para los consumidores de seguros. A sus noventa años era todo historia.
No soy dado a las loas, y mucho menos a los entierros, pero si le acompañé en Salamanca a su investidura como primer Doctor Honoris Causa en Ciencias del Seguro, aquel 22 de marzo de 2006, ¡cómo no iba a hacerlo en su último momento!
Nacido en Madrid el 27 de agosto de 1919, su infancia feliz estuvo vinculada a San Lorenzo de El Escorial, donde su padre fue Comandante Profesor de los Colegios de Huérfanos de Carabineros. Se licenció en Derecho por la Universidad de Valladolid y realizó la reválida de la licenciatura y los cursos de doctorado en la Universidad Complutense de Madrid. Además, se convirtió en experto en Derecho y Técnica de Seguros en París y Roma, donde contó con profesores de reconocido prestigio.
Ingresó por oposición, en 1945, en el hoy denominado Cuerpo de Inspectores de Seguros del Estado, como número uno de su promoción. El número dos fue Ignacio Hernando de Larramendi, impulsor de una MAPFRE en horas bajas. Como grandes amigos que eran, Ernesto contaba que Larramendi le fue a visitar a su casa, en El Escorial, para pedirle opinión, y allí le desaconsejó que se hiciera cargo de MAPFRE. Pero Larramendi, que siempre actuó a su manera, “poco ortodoxa, algo revolucionaria y bastante provocativa”, según describe él mismo en el prólogo del último libro de Ernesto, “El consumidor de seguros: protección y defensa”, no le hizo caso. Larramendi comenta sobre Ernesto: “Siempre fue el líder, el número uno por antonomasia, no solamente por el resultado de una oposición, sino porque a todos influía y orientaba”. Puedo dar fe de ello.
Ernesto Caballero ocupó altos cargos en la Administración Pública, tanto en la Dirección General de Seguros como en el Fondo Nacional de Garantía de Riesgos de la Circulación y el Consorcio de Compensación de Seguros. Fue jefe de la Asesoría Técnica de Seguros del INI, y fue llamado por el mismísimo Francisco Franco, que le pidió consejo al enterarse de ciertos trasiegos con comisiones que se llevaban altos cargos del INI a cuenta de los seguros. Ernesto Caballero le sugirió que, para acabar con tales conductas, lo mejor era crear una mutua. Ése fue el origen de MUSINI, de la que fue su primer consejero y director general. Por esta acción recibió la Encomienda de número con placa de la Orden del Mérito Civil.
Hay que subrayar tantas cosas de Ernesto Caballero que haría falta un tratado. El currículum vitae abreviado que en su día le trazó Antonio Guardiola ocupa más de seis páginas de un libro. Trabajó en CASER como director del Gabinete de Estudios y Relaciones Externas y promotor y consejero delegado de su filial SOCECASER. Desplegó una ingente labor académica docente en distintas facultades de Derecho, en la Escuela Profesional de Seguros, en la EOI, etcétera.
Le conocí en INESE, mejor dicho, en el Club del Ejecutivo de Seguros, fundador de INESE, adonde le llamó Manuel Maestro para que presidiera la inauguración de los primeros Master de Seguros. El acto se celebró en el Instituto de España, en octubre de 1986. Con el devenir del tiempo, Ernesto fue nombrado Presidente de Honor del INESE, lo que él tenía muy a gala, pues en INESE se sentía querido y apreciado. La ayuda recibida por sus profesionales tuvo siempre el detalle honrado de destacarla en sus producciones.
Era miembro de Honor de las Asociaciones de Derecho de Seguros de Argentina, Brasil, España, México y Portugal. Miembro de Honor del Consejo Internacional de Presidencia de AIDA, Asociación Internacional de Derecho de Seguros, que le distinguió con su Medalla de Oro en Budapest en el año 2000. Medalla de Plata al Mérito en el Seguro en España, en Brasil y en el Instituto de Derecho de Seguros de la Universidad de Colonia. Tenía todas esas distinciones y muchas menciones más, aunque él sólo se consideraba un modesto numerario del Ilustre Colegio de Abogados de Madrid.
Aparentemente retirado de su actividad tras su último libro, completaba con él una serie de 12, tantos como nietos tenía, a los que añadir sus más de 100 monografías, siempre estuvo dispuesto a ayudar a los demás a conocer un poco mejor el Seguro. Ahí me incluía. Últimamente, las conversaciones eran telefónicas, porque empezaba a sentirse mayor, a pesar de ser un gran deportista. Tras la muerte de su hijo Ernesto, “inolvidable hijo y mi mejor amigo y compañero”, el deporte le salvó. A él se aplicó durante muchos años al alborear cada mañana.
Padre de otros seis hijos, ayer, en su entierro, su joven y desconsolada nieta Arantxa, su gran ayudante durante estos últimos años a la hora de organizar archivos, textos y actividades profesionales, recordaba mi nombre, porque Ernesto “me escribía cartas”.