Confieso mi devoción por Julio Verne, que tenaz y rebelde fue capaz de marginar su carrera de abogado o su trayectoria como agente de bolsa para dedicarse a su verdadera vocación: escribir. Primero obras y folletines de teatro, luego, a veces por entregas, exitosas novelas de aventuras.
Hace poco conseguí una nueva obra de Verne, Hombrecillo: Aventuras de un niño irlandés, basada en las peripecias de un huérfano desarrapado, ‘Hormiguita’, en la Irlanda de la segunda mitad del siglo XIX, que desde menos de cero llegó a convertirse en comerciante de éxito y persona agradecida con todos aquellos que le brindaron amor y ayuda. La lectura, frente a las llamas de una chimenea, con una jarra de negra Guinness de espumosa cebada, evocando la verde Irlanda en estas noches de frío y niebla serrana, rozó el encanto. Y para que no faltara de nada, el libro tenía también un episodio dedicado a los agentes de seguros en esa Irlanda donde gobernaba un virrey de Inglaterra y donde el hambre, el frío y la necesidad, eran endémicos. Muy superiores a los narrados por el desaparecido Frank McCourt en Las cenizas de Ángela.
La descripción que hace Verne en este libro sobre la actuación de un agente de seguros ocurre en el capítulo XI, que lleva por título ‘Prima que ganar’. A la vieja Hard, achacosa bebedora, que por cuenta de una institución cuida huérfanos y gasta en ginebra lo que debería dedicar a la manutención de tres niños, se le aparece un agente, pero no de la policía, como creyó en principio temerosa, sino de seguros. “Era uno de esos corredores que crecen a través de los campos como los cardos en las tierras malas. Recorren las ciudades buscando asegurar la vida de los niños, en tales condiciones, que vale tanto como asegurar su muerte. Por algunos peniques al mes…” . Los tutores, como la Hard, podrán tener la “seguridad de cobrar una prima de tres o cuatro libras a la muerte de aquellos seres. De aquí la tendencia al crimen, y un móvil tan poderoso que, por el aumento en una enorme proporción de la mortalidad infantil, ha llegado a ser un peligro nacional. A las abominables oficinas de esta clase, mister Day, presidente del Tribunal de Wiltshire, las ha tratado con justicia de escuelas de ignominia y de asesinato. Después, el sistema se ha mejorado por la ley de 1889, y no se extrañará que la creación de la “Sociedad nacional para la represión de los actos de crueldad con los niños” dé actualmente algunos buenos resultados”.
El agente explica a la vieja Hard que tienen varios centenares de niños asegurados en las granjas de Donegal, “y si nada puede consolar de la muerte de uno de esos pequeños seres a los que han rodeado de atenciones, al menos hay una compensación…bien pequeña, lo confieso, de cobrar algunas guineas de buen oro inglés, que nuestra compañía es dichosa en ofrecer”. Y a la pregunta de que si se cobraba sin dificultad, el agente responde: “Sin dificultades, señora. Desde que el médico ha certificado la muerte del niño, no hay más que ir a casa del representante de la compañía”. “¡Quedamos desolados cuando sucumbe uno de ellos!...”
“¡No! No quedaban desolados aquellos aseguradores cuando la mortalidad no pasaba de cierto límite. Y ofreciendo asegurar a la moribunda, el agente tenía la certeza de hacer un buen negocio, como lo demuestra la siguiente respuesta de un director: ‘Al día siguiente del entierro de un niño asegurado, hacemos más seguros que nunca’. La conclusión es que estas compañías y sus clientes deben ser vigilados muy de cerca. Pero en el fondo de una aldea semejante se estaba lejos de toda inspección”.
Todo el capítulo es una mina de ingenio con un fondo que describe la realidad de aquellos tiempos. Así, la Hard decide pagar los nueve peniques por los tres niños a su cargo, a razón de tres por cada niño y mes, en la seguridad de que la niña enferma que cuidaba moriría sin más. “El mes próximo vendré a recoger la pequeña suma, y espero encontrar a sus pensionistas en perfecta salud, hasta a esa niña a quien sus sacrificios acabarán por curar. No olvide que en nuestra vieja Inglaterra la vida humana tiene un gran valor, y que cada muerte es una pérdida para el capital social… ¡Hasta la vista, señora, hasta la vista!”.
Y dice Verne narrador: “En efecto, en Reino Unido se sabe exactamente lo que vale una existencia inglesa; ciento cincuenta y cinco libras, que es en lo que se estima el tipo en el que se mezcla la sangre de los sajones, de los normandos, de los cambrianos y de los pictos”.
Según está descripción, que mezcla un poco de comedia, con una realidad llevada a la ficción novelada, la fama de algunas aseguradoras estaba en entredicho. No cabe duda que Julio Verne tenía una opinión al respecto que deja traslucir en el texto: las actuaciones de las aseguradoras deben ser vigiladas. Cosa nada fácil, por cierto. Aparte de sigilos y cautelas estratégicas, la relación con los divulgadores puede describirse como de toma y daca. Te cuento esto, pero de esto otro no existe nada.